LA
ARISTOCRACIA COMO FORMA DE GOBIERNO Y SU IMPORTANCIA EN LA ACTUALIDAD
Desde el punto de vista
etimológico, la aristocracia es el gobierno de los mejor capacitados para guiar
el destino de un país, pues -conforme a la definición del Diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española- el vocablo designa “Grupo de individuos que sobresalen entre los de su mismo ámbito por
alguna circunstancia”. Desde esta perspectiva, la aristocracia no se
relaciona necesariamente con el poder económico de quienes gobiernan, pues el
esquema es representativo de las formas degeneradas de esta forma de gobierno:
la plutocracia o la oligarquía.
Al mismo tiempo, entra
en contraste con formas de gobierno como la monarquía y la democracia. Dicha
distinción se funda en cuántas personas deben detentar el poder: mientras en la
primera es una, en la segunda son muchas. Por esta razón, la aristocracia está
en el punto medio, ya que el ejercicio del poder correspondería a un grupo de
sujetos cualificados. No en vano, POLIBIO señala que:
«No todo gobierno de una sola persona ha de ser clasificado
inmediatamente como reino, sino sólo aquel que es aceptado libremente y
ejercido más por la razón que por el miedo o la violencia. Tampoco debemos
creer que es aristocracia cualquier gobierno de pocos hombres; sólo lo es la
presidida por hombres muy justos y prudentes» (POLIBIO citado por Norberto
BOBBIO. La teoría de las formas de
gobierno en el pensamiento político. México: Fondo de Cultura Económica,
2006, p. 45-46).
Dicha cualificación se
basa en la necesidad de incorporar la figura del gobernante ilustrado, esto es,
el ideal de que quienes detenten el poder, deben buscar el interés general, no
el individual. En la práctica, no obstante, es más complejo hacerlo que
decirlo, pues depende de la efectividad de los controles jurídicos establecidos
para determinar la responsabilidad de los gobernantes.
Al margen de este
asunto, la aristocracia tiene un referente moderno en los órganos estatales
cuya toma de decisiones requiere conocimientos técnicos, pues, las decisiones
estatales no pueden estar de espalda a la realidad. En este sentido, la
tecnocracia es el referente moderno de la aristocracia en el entorno actual. No
en vano, aquel concepto designa la «Forma
de gobierno en el que los cargos públicos no son desempeñados por políticos,
sino por especialistas en sectores productivos o de conocimiento».
Adicionalmente, la doctrina señala que:
«En sentido etimológico,
designa, si no una forma de gobierno —que quedaría en el campo de la utopía—,
por lo menos, una concepción del Poder: aquella en que la decisión debe emanar
del que está técnicamente capacitado para establecer los supuestos. Esta
concepción toma formas muy variadas, desde los abogados en favor de los
ministros técnicos, hasta el análisis de la sociedad dictatorial, donde […] los
«managers» se convierten en el Estado, pasando por el deseo de ciertos sabios
de controlar el uso de sus -descubrimientos. Vista de esta forma, la tecnocracia,
bajo sus distintos aspectos, se opone con más o menos fuerza a la democracia,
en tanto que tiende a elegir a los responsables políticos por otras vías
distintas del sufragio» (GREGOIRE, Roger. Los problemas de la tecnocracia y el
papel de los expertos. Consultado en la página web http://www.cepc.gob.es/publicaciones/revistas/revistaselectronicas?IDR=3&IDN=523&IDA=8537
el 13 de Mayo de 2017).
En este contexto, no es
acertado pensar que la Administración ejecuta actividades con fundamento exclusivo
en normas jurídicas, pues la concreción del interés general implica tener en cuenta
consideraciones de orden técnico. De hecho,
la actuación de las autoridades públicas se rige por los principios de eficiencia
y eficacia, es decir, debe cumplir con los cometidos estatales utilizando la menor
cantidad de recursos posibles. En esta adecuación entre fines y medios, las
reglas técnicas de diversas áreas del conocimiento permiten formular opciones y
escoger la solución óptima. Por ello, en
la praxis administrativa, es
usual que las autoridades se apoyen en economistas, contadores, ingenieros,
entre otros para tomar decisiones; razón por la cual, mientras estas
consideraciones constituyen el sustrato material de la determinación, el
derecho es el instrumento que permite su formalización jurídica.
Así, el hecho de esta concepción
aristocrática del poder perviva en el Estado moderno, da cuenta de la
importancia de personal cualificado en las tareas gubernamentales. Si estos
aspectos técnicos estuvieran librados al debate democrático, además de que
ciertos temas están fuera del alcance del ciudadano profano, una discusión amplia
del tema demora la toma de decisiones urgentes para la administración pública.
Piense, por ejemplo, en la elaboración del plan de ordenamiento territorial de
los municipios o en la fijación del régimen tarifario de los servicios públicos
domiciliarios por parte de las comisiones de regulación.
En definitiva, el
progreso técnico ha traído una nueva forma de aristocracia. Sin embargo, de los
párrafos precedentes se deprenden por los menos dos (2) riesgos: (i) la sustitución
de las normas jurídicas por las normas técnicas y (ii) un debilitamiento del
control democrático de las decisiones. Pese a lo anterior, la versión de
actualizada de esta forma de gobierno tiene inusitada importancia en la
actualidad.
Muy buen escrito, claro, preciso y de gran sustentación. En el diálogo de la sesión anterior se pudo constatar con claridad la "fuerza de los argumentos" esbozados.
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